Al Día 28/05/2019

El día que Córdoba tembló



Por Germán Negro


"Cielo del sesenta y nueve/con el arriba nervioso y el abajo que se mueve", graficaría con versos Mario Benedetti sobre aquel tiempo de agitación, de intento por poner todo patas para arriba.

Los hogares cordobeses habían comenzado la mañana de aquel 29 de mayo de 1969, hace nada menos que medio siglo, como lo hacían casi siempre: escuchando mayoritariamente Ventana al Hogar, el programa estrella que conducía Norma Landi por LV2, informados desde la noche anterior por medio del Reporter Esso, en Canal 12, o por los panoramas informativos de Radio Universidad.

Pero, una niebla rara atrapaba la ciudad sin que sus habitantes comenzaran a percibirla. Algo había en el ambiente aquel 29 de mayo que, tal vez, preanunciaba que la historia tenía preparada una tilde que nunca se borraría y tomaría nombre propio: "el Cordobazo".

Como apuntó John William Cooke, el dirigente más reflexivo de la izquierda peronista, Córdoba transitaba cansina y agazapada, pero era una molotov con sus partes separadas. El terremoto llegaría cuando se unieran la mecha, el combustible y la botella. Y ello ocurrió.

Enfrentada a la dirigencia sindical de Buenos Aires, que iba a protestar contra la dictadura de Juan Carlos Onganía el día 30 con un paro sin concurrencia. La conducción local de las dos CGT eligió empezar un día antes con un paro con concurrencia y movilización. Sería clave para entender lo que pasó después.

Dirigentes como Agustín Tosco (Luz y Fuerza), Elpidio Torres (Smata), Atilio López (UTA) y René Salamanca (Sitrac-Sitram), entre otros, habían diagramado, con mucha reserva, la modalidad de las movilizaciones del 29 por la mañana, las que confluirían hacia el mediodía en el palco montado en Vélez Sársfield y 27 de abril. Si bien presagiaban una concentración de alto impacto, no imaginaban lo que sucedería en las próximas 40 horas.

Miles de cordobeses comenzaron a marchar muy temprano desde los centros fabriles, principalmente desde Fiat (Ferreyra) e IKA-Renault (Santa Isabel). A su paso se iban sumando obreros de fábricas metalúrgicas más chicas o pequeños talleres de autopartes.

A su paso, la Policía intentaba con distintos retenes frenar y enfrentar a las columnas, pero le resultaba imposible. Sólo desde el sur de la ciudad se estimó que venían caminando (porque los colectivos los abandonaron) más de diez mil personas, vestidos de mameluco engrasado y munidos de cadenas, tuercas y clavos miguelitos. La otra gran marcha se había iniciado en Ferreyra, unos 10 kilómetros al este del centro.

Allí los esperarían los trabajadores de Luz y Fuerza y otros gremios públicos para marcarle la cancha a un Gobierno que, principalmente, asfixiaba con sus postulados pseudofranquistas y con intención de perpetuarse: La Revolución Argentina, se había autoproclamado el "onganiato", que derrocó a Arturo Illia en 1963.

La Primavera de Praga y el Mayo Francés, ocurrido un año antes, tal vez fue la inspiración de aquellos obreros que, paradójicamente, eran los mejores pagos del país. En el fondo no se trataba tanto de plata, sino que la cuestión pasaba por las libertades y el camino que tomaría el país en un mundo convulsionado y cambiante.

La muerte del obrero de IKA-Renault Máximo Mena por un balazo policial, en San Juan y Arturo M. Bas (formaba parte de una columna que se dividió en la Plaza de las Américas y tomó otro camino para dispersar a la Policía), fue lo que unificó las partes de la molotov. Ya nada podría encontrar su cauce.

La Policía fue impotente a medida que se conoció la noticia de la muerte de Mena. La caballería y la infantería fueron superadas por los manifestantes, que comenzaron a recibir adhesiones de la gente del centro de la ciudad, que arrojaba muebles viejos para formar las barricadas, y de los estudiantes universitarios, que tomaron el Barrio Clínicas.

El centro de Córdoba comenzó a envolverse en una nube de humo y el sonido de los disparos se mantuvo por varias horas, tiempo en el que nadie controlaba la situación.

Los enfrentamientos en distintos puntos de la ciudad recién culminaron en la noche del día siguiente. Pese a que el 29 a la tardecita, cansinamente, comenzaron a entrar por Avenida Colón los primeros soldados desde los cuarteles del Camino a la Calera.

Con la demora en intentar controlar la ciudad, un sector de los militares jugó su propia interna y eligió que Córdoba fuera un polvorín para quitarle todo sustento político a Onganía, quien caería meses después.

Los números son impactantes: se movilizaron casi 40 mil trabajadores y estudiantes, se contabilizaron de manera oficial 12 muertos en los enfrentamientos -se cree que se ocultó un número similar-, hubo casi un centenar de autos incendiados, decenas de negocios dañados (muchos vinculados al capital estadounidense, como la sede de Xerox) y entre 300 y 400 detenidos.

El Cordobazo no sólo fue un hito por la magnitud que alcanzó, sino que suele ser materia de estudio en las carreras de sociología de todo el mundo por sus características ideológicas y porque, si bien fue una protesta organizada, luego recibió una significativa adhesión espontanea de las clases medias y de los estudiantes.

Quedó como epílogo de aquellas horas históricas el final de Onganía y la traza del camino para que el general Alejandro Agustín Lanusse llegara a la Presidencia y encaminara el país hacia un nuevo proceso democrático. Lo que vendría después ya sería parte de otra tragedia argentina.







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