Al Día 17/04/2019

La muerte de Alan García: el abrupto e inesperado final del encantador de serpientes



Por Marcelo Taborda


Cuando con tan sólo 36 años llegó por primera vez al Palacio de Pizarro, el 28 de julio de 1985, Alan Gabriel Ludwig García Pérez ya avasallaba con un carisma acorde con su metro noventa y tres de estatura y con una oratoria formidable que, con el tiempo, justificó el mote de “encantador de serpientes” que le adosaron algunos rivales políticos.

Mimado por la socialdemocracia europea y con un apoyo regional que fue mucho más allá de los límites territoriales del APRA (hoy Partido Aprista Peruano), Alan era la envidia de una centroizquierda incipiente tras los años de plomo que azotaron a todo el Cono Sur hasta entrados los años 80. “Ay Patria mía, dame un presidente como Alan García”, se escuchó más de una vez en marchas, mitines o asambleas de la también recién recuperada democracia argentina.

Pero su primer quinquenio en el poder terminó fagocitando aquella imagen inicial en medio de una hiperinflación que era moneda corriente en el Cono Sur, una escalada de violencia aupada por atentados de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y denuncias de corrupción que dejaron el terreno abonado y sembrado para la llegada de un ingeniero agrónomo que marcó a sangre y fuego el final del siglo 20 en Perú: Alberto Fujimori.
Durante el decenio en que el fujimorismo arrasó cualquier atisbo de discurso opositor, Alan estuvo exiliado y recién regresó a su país una vez que “el Chino” –acorralado por denuncias contra su fraudulenta re-reelección– renunciara por carta desde Japón.

Pese al descrédito que enmarcó el final de su primer mandato y las acusaciones acentuadas en su contra en los años 90, Alan terminó segundo en las presidenciales de 2001, pero perdió el ballottage frente a Alejandro Toledo. Pese a ello, García demostró que su oratoria y su carisma seguían intactos para muchos.

Cinco años después, Alan entró en un nuevo ballottage y, esta vez, capitalizó el temor que por entonces representaba la figura del nacionalista Ollanta Humala, cuya figura ayudó a demonizar para captar los votos más conservadores. En una nota exclusiva que me concediera como enviado de La Voz en vísperas de los comicios de abril de 2006 y en su discurso triunfal frente a la sede del Partido Aprista, Alan dijo que con su triunfo, el gran derrotado no estaba en su país. El “encantador de serpientes” se posicionaba así como rival del venezolano Hugo Chávez y trataba de abroquelar tras de sí un nuevo “polo” contra lo que se definía como “eje bolivariano”.

Casado en segundas nupcias con la cordobesa Pilar Nores Bodereau (de quien está separado y a cuya ONG humanitaria también salpicarían las denuncias sobre aportes ilegales), García fue protagonista además de culebrones que ventilaron su vida privada. Seis hijos nacieron como fruto de uniones con tres mujeres, aunque fue Nores quien lo apuntaló como “primera dama” mientras estuvo por dos veces en lo más alto del poder.

En 2016, Alan intentó un tercer mandato presidencial, pero su magra cosecha de un seis por ciento de votos le avisó que su tiempo político de discursos y mitines había pasado. No así los escándalos en torno a sus viejas funciones.

Hace exactamente cinco meses, el 17 de noviembre de 2018. García buscó con un asilo en Uruguay eludir el mismo destino que habían corrido otros exmandatarios peruanos por causa de las investigaciones de una trama de corrupción ligada a la multinacional de origen brasileño Odebrecht.

Para entonces, el llamado Lava Jato peruano ya había impuesto extensas penas de prisión preventiva para Humala y su esposa Nadine Heredia, para Alejandro Toledo (prófugo en Estados Unidos) y cerraba el círculo sobre Pedro Pablo Kuczynski, y la líder opositora Keiko Fujimori (hoy ambos privados de libertad mientras se los investiga).

Con Fujimori padre condenado a perpetua por crímenes de lesa humanidad, las causas ventiladas por coimas, tráfico de influencias y financiamiento ilegal de campañas, no dejaron a ningún mandatario peruano, desde 1985 hasta marzo de 2018 cuando renunció “PPK”, con su prontuario incólume. Incluso el actual presidente Martín Vizcarra arrastra denuncias de décadas pasadas.

En su penúltimo alegato, el abogado Alan García negó las acusaciones de que era objeto y contraatacó al fiscal del Lava Jato. Encuentros con Marcelo Odebrecht, CEO y heredero de la megaconstructora, parecen documentar lo contrario. Como dijo Emilio Odebrecht (padre de Marcelo), la práctica de poner huevos en diferentes canastas, que en Brasil remitió a tiempos de la dictadura, pareció ser4 una constante en el Perú de las grandes obras civiles. A la hora del reparto de fondos de la “caja 2” no hubo distinción de nombres, partidos o ideologías sostienen desde una fiscalía cuyos métodos quedaron en tela de juicio, tras el conmocionante desenlace de este miércoles.

Sobre el calor del impacto de la noticia, un colega peruano nos relata desde Lima que Alan dijo hora antes de llevarse el revólver a la cabeza que confiaba en que Perú le guardará un lugar benévolo en su historia.  







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