Al Día 03/07/2020

La política exterior del péndulo afecta a la Argentina



Alberto Fernández cambia de discurso según qué interlocutor tenga al frente, o qué mensaje haya recibido desde el Instituto Patria. Es imprevisible para inversores y diplomáticos.


| Por Germán Negro |

Como si nunca hubiese corrido agua por ese río, el presidente Alberto Fernández miró a la cámara y, en medio de una reunión on line, les dijo este jueves a sus pares del Mercosur: “Así tenemos que estar, unidos. Debemos consolidar el bloque regional”.

Allí cuestionó a quienes “buscan su suerte individualmente”, en alusión a un Jair Bolsonaro que no le prestaba demasiada atención, fiel a su estilo. Los más sorprendidos eran los mandatarios de Paraguay, Mario Abdo Benítez, y de Uruguay, Luis Lacalle Pou. Que el argentino haya pedido por un Mercosur unido, más allá de que hablaban de coronavirus los dejaba, al menos, boquiabiertos.

No era para menos, algunos días antes, Fernández se había manifestado, en un encuentro –también virtual- del Grupo de Puebla, muy nostálgico de los tiempos en que América Latina era gobernada por Lula, Hugo Chávez, Rafael Correa, José Mujica y Néstor Kirchner (no aludió a Cristina Fernández). Les estaba diciendo a los actuales gobernantes que los que realmente valían la pena eran aquellos, los viscerales y fanáticos de una izquierda ya cubierta por el moho. En ese contexto no faltó una defensa del venezolano Nicolás Maduro.

Fue en ese encuentro en el que el argentino se sintió como en casa para despotricar duro contra Donald Trump, sin tener en cuenta que el cuestionado presidente de los Estados Unidos es clave para que Argentina destrabe las negociaciones por su deuda externa, tanto con los tenedores privados como con el Fondo Monetario Internacional.

Así es la política exterior argentina. Tan cambiante e ilógica que el propio canciller Felipe Solá había planteado antes de la pandemia una posible salida del bloque regional, mientras que el propio Presidente se mostraba en contra de posibles acuerdos con la Unión Europea, posición que cambió luego de recibir llamados de París y Berlín.

El desconcierto que genera Fernández hacia el exterior, muchas veces bajo la influencia de Cristina, es lo peor que le puede pasar a un país que enfrenta la crisis económica más grave de su historia (la caída del PBI en abril lo certifica: 26,4%). El ir y venir de la política exterior no sólo marea a presidentes y diplomáticos, sino que espanta a inversores que no sólo evitan venir sino que, quienes ya están instalados, empiezan un éxodo hacia destinos más confiables.

En algún intento por justificar la inestabilidad de sus ideas, Fernández alude a la recuperación que logró Argentina de la crisis del 2001. “Con Néstor (Kirchner) ya lo hicimos una vez”, suele recordar. Pero no tiene en cuenta que está ante una misiadura más ancha, tanto en el plano local como internacional, y que ya no existe el precio “milagroso” que alcanzaron las materias primas en ese momento. Hoy, apenas se acercan a la mitad de esos valores.

El mundo de los negocios no le pide demasiado, sino algo que asoma normal en las naciones civilizadas: cordura, previsibilidad y seguridad jurídica.







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