Al Día 23/03/2020

Me lacera tanto Italia



Por Germán Negro


Negro, Bertoni, Porta, Rubiolo. Son los apellidos de mis glóbulos rojos, los que corren por mis venas y me transforman en calentón en la cancha, me tiñen la cara de bordó en la vergüenza o me hacen llorar de alegría o dolor… Es la expresividad, al palo. Los culpables de ello llegaron cuando Italia recién comenzaba a ser un país. Terminaba de ser una serie de reinos que Vittorio Emanuele II logró juntar hacia el 1861.
Aquellos gringos subieron a barcos con bolsones de tela remendada sin saber muy bien el rumbo y sin conocer absolutamente nada de lo que los esperaba. Casi no tenían instrucción y estaban desgarrados por las guerras internas y el hambre, mucho hambre. Algunos incluso no completaron la travesía, se quedaron en el mar por la fragilidad o alguna peste (vaya ironía). Todos sabían que no podían mirar atrás, que no verían más a sus padres, amigos o las calles de sus pueblos de piedra del Piemonte, de Lombardía, de Treviso…
Después se subieron a trenes que se iban estirando de a poco en una tierra de horizonte amplio, pero con todo por hacerse. Cuando llegaron a pedazos de pasturas vírgenes que el Gobierno de entonces les vendió en cómodas cuotas para poblar tierras en las que no había ni caminos, tal vez unas vías a varios kilómetros, comenzaron otra historia. Con dolor, pero con esperanza.
Construyeron casas de barro y comenzaron a comer los peces que nadaban por las cañadas (los secaban en sal para todo el año) y perdices que mataban con un alambre y una piedra atada a uno de los extremos. Cavaban pozos para encontrar el agua que necesitaban tomar.
Sembraron trigo y maíz en el centro y uvas en Colonia Caroya, Mendoza y San Juan. Con aquellos tanos y otros inmigrantes en pleno trabajo, con bueyes y arado de mancera, ya hacia 1900 Argentina se ubicó entre, los tres PBI más fuertes del mundo (una potencia: sí). Como ahora, el mundo necesitaba comer y de aquí salían los barcos hinchados de carne y granos.
Los que se quedaron en su tierra pasaron por dos guerras mundiales y sufrieron las purgas de Benito Mussolini, pero cuando lograron salir también hicieron algo grande, muy grande. Ubicaron a Italia entre las siete potencias industriales más importantes del mundo. En mayor medida por la capacidad y fortaleza de sus pymes.
En mi primer viaje para redimir a los nonos que nunca volvieron, no hubo nada más allá del asombro y la curiosidad. Tuve que volver varios años después para sentir un escalofrío de pertenencia, de sentir que pisaba piedras que me transmitían algo extraño. Que me llevaban hacia las mujeres de mi pueblo hablando piamontés arcaico en las esquinas, en los almacenes y panaderías. Volví a ver a esos viejos, que a principios, de los `70 y siendo un niño, escuchaba cantar y llorar en el Bar Central de Landeta, y en una lengua que no entendía. Algo me decía: de aquí saliste, de estos lugares se fueron los tuyos e hicieron un país, lejos, muy lejos.
Casi me desmayo cuando pedí una simple picada en Florencia, a dos cuadras del museo donde se expone el David, en el epicentro del Renacimiento.  El mozo llegó con una tabla de salame, queso de chancho, panceta, jamón, bondiola y aceitunas, entre otras manifestaciones del arte culinario (hipercolesterolémico) que conocía de mi propio lugar de nacimiento. Para peor, nos trajeron una birra Moretti, justo el apellido de mis vecinos de Alta Córdoba. Un sudor helado me corría por la frente, pese a los 41 grados del momento.
No sé cuántos de los que caminaron a nuestro lado, de los que acercaron la comida o nos tendieron la cama en los albergos de bajo costo (hoteles sin estrellas) pueden hoy ver el sol de la Toscana, caminar por la Vía del Corso en Roma o ver el azul del mar desde la ruta que separa Nápoles del durmiente Vesubio. Las imágenes de camiones militares llenos de cuerpos que no encuentran un crematorio desgarran el alma. ¿Qué te pasó Italia? ¿En qué nos parecemos?
La Democracia Cristiana, la mafia y el Vaticano tuvieron el poder político desde la Segunda Guerra Mundial (más allá de alguna alternancia de partidos en el Gobierno). Más allá de ayudar a convertir a Italia en una potencia, no supieron o no quisieron que la gente (cuyos abuelos vivieron la miseria extrema) pudieran ver más allá de los trajes y vestidos deslumbrantes que lucen en la calle o el telefonino de última generación. El sistema de salud se quedó en el tiempo y la realidad golpea hoy con crueldad: es el país de Europa donde el coronavirus hace más estragos.
No hubo inversión en lo que tendría que haber sido prioridad. La muestra más cercana está en Alemania y Francia, donde las camas de hospitales y los respiradores superan largamente, por número de habitantes, a la vieja tierra del Imperio Romano. La comedia, de pronto es tragedia.
Sí, me desgarra el alma Italia, la siento tan propia. Tan parecida a mi país.







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