Blas, el pibe que nos tiene que doler a todos
La crisis institucional de la Policía en Córdoba quedó al desnudo con el asesinato de Blas, el chico al que fusilaron por evadir un control. Un fusilamiento en democracia.

| Por Gabriel Silva |

Las crónicas son miles. Las versiones en la radio, los noticieros y los diarios no alcanzan. Nada alcanza. Nadie sabe cómo explicar el fusilamiento de Blas, el pibe asesinado por una bala policial que el único delito que cometió fue evadir un control. El pibe que había salido a divertirse con sus amigos y que encontró su destino final en una madrugada trágica.

Trágica para él, para sus amigos, para su familia y para esa madre que no dejaron acceder a ver a su hijo en una escena tan inexplicable como injusta: en la esquina céntrica de Chacabuco y Corrientes, medio cuerpo de Blas salía afuera del Fiat Argo cuando llegó su mamá a la que trataron como a una delincuente. A la que incluso, cuando fue a la Central de Policía, maltrataron los burócratas de turno y no le dejaron ingresar con su otro hijo, con el hermano de Blas.

Sí, escuchaste bien: a una madre confundida, que venía de ver el cuerpo de su niño de 17 años fusilado por la policía, en la Jefatura no tuvieron mejor idea que ponerse rígidos con los protocolos de covid y darle la orden de que ‘debían pasar de a uno’. No la supieron contener.

Qué carajo la van a saber contener si le habían matado el hijo y encima la siguieron embarrando. Ensuciaron la jugada cuando hablaron de tiroteo y después lo quisieron seguir manchando a Blas plantando un arma. Corruptos. Todos. Los que dispararon, los que quisieron cubrir a los que dispararon, los que los formaron mal. Todos son responsables. Incluso, los que, como el ministro Mosquera, relatan la realidad en lugar de asumirla. El ministro de Seguridad te relata el partido desde un helicóptero y acompañado por periodistas.

Esto no resiste. Están cebados. “La cana está zarpada”, te dicen los pibes. Están pasados de rosca y alguien les hizo creer que son los dueños de la calle.

Están preocupados por si usas o no el barbijo, si te reunís con más de diez en tu casa, si con bici llegas hasta Malagueño y si evadís un control. Por todo, menos por cuidarte.

Pregúntate si vamos a empatizar con Blas como hace unos meses lo hicimos con George Floyd; y pregúntate también, si hubiésemos tenido algo de esa empatía con ‘Güere’ Pellico, a lo mejor hoy no lamentaríamos a un Blas. Nos duelen los dos, nos tienen que doler los dos. Solo así, podemos pedir explicaciones, renuncias y evitar que el gatillo fácil se vuelva parte de la ‘nueva normalidad’.

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