Venturini, otra muerte en la larga agonía de la Fuerza Aérea
Pilotaba un A4 construido a fines de los años ’50 en Estados Unidos y reciclado en Córdoba entre 1995 y 1998. Queda un puñado de esas máquinas, las más “poderosas” que tiene el país.

| Por Germán Negro | 

La muerte del piloto Gonzalo Britos Venturini, luego de eyectarse de su subsónico McDonnell Douglas A4 AR Skyhawk (Halcón del cielo), en el sur de la provincia de Córdoba expone nuevamente, más allá de las causas directas del suceso, la lenta agonía que viene sufriendo la Fuerza Aérea desde la Guerra de Malvinas.

Equipamiento escaso y obsoleto, falta de combustible para entrenar las horas de vuelo necesarias e indiferencia desde el poder político son algunas de las quejas que se escuchan de los aviadores y del personal aeronáutico desde hace años.

La situación impacta de manera directa en Córdoba, por cuanto todos los pilotos son egresados de la Escuela, ubicada sobre la vieja ruta 20, y es también en nuestra ciudad donde se fabricaron o repararon la mayoría de las máquinas que aún quedan en vuelo.

Aunque los datos que hacen a la defensa son secreto de Estado, trascendió que cuando sucedió la tragedia que le costó la vida a Venturini -aún no se sabe por qué se plantó su avión- sólo estaban operativos seis A4-AR, mientras que otros diez se encontrarían en reparación. Es el principal sistema de ataque y defensa que tiene la Aeronáutica, pese que es subsónico y muy anticuado.
Ese avión es parte de unas 35 máquinas que llegaron a mediados de los años ’90 a Córdoba para ser refuncionalizadas en la ex Fábrica Militar de Aviones (por entonces concesionada a Lockheed Martin). Se trató de un acuerdo que incluyó el desmantelamiento del proyecto Cóndor, bajo la presidencia de Carlos Menem.

Los aviones habían sido fabricados a fines de los años ’50 y, luego de prestar servicio en la Marina de Estados Unidos (algunos estuvieron en Vietnam), pasaron un par de décadas estacionados en el desierto de California, esperando un destino mejor.

Eran máquinas viejas, a las que se les cambió el motor y se les incorporó aviónica (operación sistematizada), aunque en aquel momento los aviadores se quejaban de que EE.UU. sólo otorgó un radar limitado para mantener el control real sobre el poderío bélico.

Varias de esas máquinas, que ya tienen más de medio siglo desde su parición, sufrieron accidentes o quedaron fuera de uso por fatiga de material o falta de repuestos. Sin el grupo de Mirage en operaciones, la defensa aérea está en manos de ese puñado de vetustos A4-AR y de distintos modelos de Pampa (fabricados en Córdoba), que se destinan principalmente a persuadir a avionetas del narcotráfico que ingresan desde el norte del país.

La Fuerza Aérea Argentina fue la más poderosa de Sudamérica entre los años ’50 y Malvinas. Hasta la década de 1970 tuvo una flota de al menos cien cazas Gloster Meteor (uno de ellos luce en la rotonda de salida hacia Villa Carlos Paz) y bombarderos a reacción Camberra.

Los primeros fueron reemplazados por distintas versiones de A4, Mirage y su versión israelí, el Dagger, y los turbohélice Pucará, que habían sido desarrollados para la lucha antiguerrillera.

La valentía y efectividad de los pilotos no alcanzó para que la Aeronáutica quedara maltrecha luego de la Guerra de Malvinas, en la que perdió entre 80 y 100 aparatos, iniciando ahí un largo derrotero.

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, la Fuerza Aérea jugó como su seguro ante la posibilidad de un levantamiento del Ejército o la Marina. Eran tiempos en que los militares aún tenían poder como para intentar derrotar a un gobierno democrático.

En ese momento se planteó una interna entre los propios aviadores. Un grupo quería reequipar a la Fuerza, mientras que otros preferían destinar el presupuesto a terminar el proyecto Cóndor, que se llevaba adelante en la planta donde hoy funciona la Conae, en Falda del Cañete, y del que también países de Medio Oriente. Ganó la pulseada el grupo promisil.

Cuando los dos primeros prototipos estuvieron listos, ya en pleno gobierno de Carlos Menem, Estados Unidos e Israel conocieron el poderío del cohete –eran tiempos de la Guerra del Golfo- y presionaron para desmantelar su planta. Como resarcimiento, Washington ofreció a precio de saldo el grupo de A4 que tenía bajo el sol californiano. En uno de ellos volaba Venturini, tal vez sin conocer su historia.

En el camino hubo decenas de promesas que apuntaron a recuperar parte del brillo perdido, algo que cada vez parece más lejano si se le agrega la profunda crisis económica que vive el país.



Avec